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Por shocu
Telegram: @shocu7
Publicado originalmente en MAPness:
http://mapness.home.blog/2020/05/30/la-vida-de-un-map/

Nací de dos padres amorosos que hasta el día de hoy nunca me han defraudado. Me crie en un ambiente multilingüe con familiares provenientes de diferentes culturas. A la edad de 4, mi tío me mostró por primera vez el maravilloso mundo de los videojuegos, lo cual se tornarían una obsesión mía hasta el día de hoy. En la escuela no era muy buen estudiante al principio. En un momento dado tuve que repetir un grado completo. Por suerte, logré espabilarme y empecé a ponerme al día con mis estudios, incluso logré saltar un grado más adelante y ponerme nuevamente al nivel que se suponía.

En general diría que tuve una niñez relativamente ordinaria, nada muy fuera de lo común. Volviendo la mirada hacia atrás, sin embargo, percibo ciertos aspectos —“pistas”, por así decirlo— que como niño me eran invisibles, mas que servían de indicio de algo que marcaría una parte fundamental de mi ser, algo que ahora sé que formó parte de mí desde el principio.

Recuerdo, quizás a eso de los 6 o 7 años, imaginarme de vez en cuando a la versión niño de Link de The Legend of Zelda: Ocarina of Time desnudo. Claro, para aquel entonces no supe por qué, pero simplemente me gustaba imaginármelo así. Estoy bastante seguro de que hice lo mismo con otros personajes niños de otras series de videojuegos/televisión. Unos años después, comencé a hacer lo mismo con niños que conocía: los imaginaba desnudos. No hacían nada en particular, para estar claro. Simplemente los imaginaba desnudos.

En retrospectiva, reconozco que estos pensamientos eran solo señales de lo que estaba por venir, pero como niño no cuestionaba estas cosas: eran simplemente pensamientos que disfrutaba por alguna razón.

Como a los 13 años, comencé a aprender sobre el sexo. Primero me lo enseñaron mis padres y luego lo aprendí en la escuela (educación sexual). Aprendí sobre la pubertad y me pregunté cuándo me tocaría a mí pasar por ella. Ya para entonces, sabiendo lo que era, comencé a notar que a veces me imaginaba a jóvenes de mi edad o menor en situaciones sexuales. Supuse que era normal, ya que yo mismo era niño todavía. No obstante, cuando llegué a la pubertad a los 14, estos pensamientos se volvieron más intensos. Comencé a masturbarme con más frecuencia, y a veces parecía que no podía pensar en otra cosa. Supongo que no era fuera de lo común que un adolescente de esa edad se sintiera libidinoso, pues el impulso sexual se está despertando por primera vez. Mas hubo unas cosas que no podía evitar notar: primero, todavía me excitaba imaginarme a muchachos de mi edad o menor en situaciones sexuales. Esto aún no me preocupaba mucho, pues todavía suponía que era normal, pero lo segundo que noté era que las mujeres adultas no me atraían en lo absoluto. Nunca me las imaginaba al masturbarme y nunca encontré el cuerpo femenino muy llamativo. Esto me parecía extraño. La cultura en la que vivía y los medios que me rodeaban sugerían encarecidamente que muchachos como yo deberían estar babeándose al ver una fémina. Tanto otros muchachos de mi edad como hombres adultos siempre parecían estar tan fascinados con cosas como senos, y sin embargo, a mí los senos me parecían repulsivos.

¿Quizás todo esto significaba que era gay? Ciertamente lo pensé, pero el problema es que a los hombres tampoco los encontraba particularmente atractivos.

Al llegar a los 15, empecé a caer en cuenta. Todavía me estaba imaginando a muchachos, pero esta vez no eran de 15 años. Me imaginaba a niños tan mayores como 14 pero tan jóvenes como 9. Ya para este punto había escuchado la palabra “pedofilia”, aunque lo único que sabía estaba basado en noticias e historias horrorosas sobre viejos pervertidos que abusaban insensatamente a niños para su propio placer. Estaba confundido. No sabía cómo interpretar todo esto. Comencé a preocuparme bastante. Entonces me entró la ansiedad, una ansiedad que me duraría hasta la adultez. No me lo quería creer. No tenía sentido. ¿Por qué iba yo a tener semejanza alguna que aquel viejo asqueroso de la televisión? No quería ser mala persona, y no lo era, pero ¿qué se suponía que hiciera con este entendimiento? Y no parecía haber nada que pudiera hacer al respecto. Intentar a obligarme a pensar en solo adultos cuando me sentía excitado no parecía ser muy efectivo. De hecho, solo lo hacía quedar más claro que eran solo los muchachos jóvenes que me hacían sentir así. Y tampoco era que disfrutara de este hecho. Estaba aterrorizado de lo que todo esto pudiera significar, y sin embargo no había nada que pudiera hacer para cambiarlo. Y lo que era peor: tenía demasiado miedo como para decírselo a nadie. Temía la reacción que causaría. Temía que nunca me volverían a hablar, que me denunciarían a la policía, que mi vida, en esencia, terminaría. Para entonces, no entendía muy bien el aspecto legal de todo esto. Tenía la impresión de que simplemente tener estos sentimientos ya constituía un delito. También tenía demasiado miedo como para buscar información sobre esto en Internet; pensaba que con solo buscar palabras como “pedófilo” ya me podría meter en problemas.

Con el tiempo, el miedo y la ansiedad se convirtieron en pesadillas recurrentes. A veces soñaba que mi familia o todos mis conocidos se enteraban y se volvían en mi contra. Recuerdo una pesadilla en particular que tuve en varias ocasiones. Mi madre, que de algún modo se enteró de esto, se volteó para mirarme, su expresión como la de ver el resultado de una masacre: indignación, vergüenza, repugnancia. Tenía los ojos llorosos y el ceño tan fruncido que parecía que iba a partirle la cara en dos. Me mandó a gritos a que me largara. Intenté suplicarle, pero ella solo me gritó más fuerte. Al dar unos pasos atrás, vi a otros familiares aparecer: mi padre, mis abuelos, mis tíos, mis primos, todos con la misma expresión y todos gritando lo mismo: “¡Vete!”. Entré en pánico. Salí corriendo por la puerta de mi propia casa y seguí por las calles. Aún podía escuchar a mi familia en la distancia. Al final, los gritos me rodeaban: “¡Vete!”. Esa palabra, acompañada de un fárrago de insultos, venía de casi todas las casas en la vecindad. La gente salía de sus casas. Me encontré rodeado. No tenía adónde huir, y el mundo entero estaba en mi contra, listos para hacer quién sabe qué.

Un día decidí por fin comenzar a buscar información en línea. Al principio no estaba ni seguro de lo que debería buscar. No conocía los términos “MAP”, “atracción por menores”, “cronofilias” o nada de eso, y la palabra “pedófilo” todavía poseía una connotación muy negativa en mi mente. Aun así, busqué lo que pude. Lo que encontré al principio no era muy reconfortante: noticias sobre niños violados, discursos sobre las atrocidades de la pedofilia y cómo todos los pedófilos merecían la muerte.

Sin embargo, logré finalmente toparme con unos recursos más informativos. Leí el artículo en Wikipedia sobre la pedofilia, el cual me llevó a artículos sobre otras cronofilias y sobre grupos como Virtuous Pedophiles, además de otros artículos en Internet que trataban sobre el asunto. Por fin comenzaba a entender qué era lo que tenía. No era una maldición que me predestinaba a convertirme en monstruo; se trataba de una atracción que la vida me dio sin yo hacer nada. No era muy distinto a la homosexualidad en ese sentido. Me di cuenta de que simplemente tener esta atracción no significaba que era mala persona. Claro, no estaba tan bien articulado en mi cabeza para aquel entonces; me tomó varios años poder procesar todo esto adecuadamente. Y durante todos esos años, seguía teniendo pesadillas recurrentes y problemas con la autoestima. En ciertos momentos en mi vida, llegué a tener pensamientos suicidas.

Al buscar en Internet encontré información sobre grupos como NAMBLA y algunos argumentos procontacto. Al principio no estaba seguro de qué pensar sobre estos. El concepto del consentimiento de los niños no era algo de lo que pensaba mucho, a pesar de haber descubierto mi atracción. Yo mismo todavía era menor, así que la idea de una relación entre un niño y un adulto (o la sexualidad infantil en general) no era algo en lo que ponderaba a menudo, pues todavía intentaba descifrarme a mí mismo. Hoy día, aunque reconozco que la sexualidad infantil puede ser más compleja de lo que pensamos, las interacciones sexuales con niños conllevan demasiado riego para ellos, y no lo incentivaría.

Al investigar sobre todo esto, también aprendí sobre el shotacon (y el lolicon, aunque el shotacon era más pertinente en mi caso). La idea de pornografía animada/dibujada que involucrara a personajes niños me parecía interesante. Significaba una posible forma en la que alguien con esta atracción pudiera satisfacer sus fantasías sexuales sin tener que poner a un niño real en peligro. Recuerdo incluso haber pensado en ello antes: si existía hentai con niños ficticios, y si algo así pudiera considerarse legal ya que no era real. (Ver pornografía que involucrara a niños de verdad era decididamente impensable.) Me tentaba buscarlo en Internet, pero tenía miedo. Para empezar, para aquel entonces no comprendía muy bien la situación legal con respecto a ese tipo de dibujo o si existían casos de personas arrestadas por poseer dibujos. No obstante, había otra razón por la que me daba miedo buscar esas imágenes. A pesar de lo evidente que era a este punto y lo mucho que ya había investigado, aún había una parte de mí que no quería creer que tenía esta atracción. Temía que si miraba esas imágenes, no habría forma de volver atrás. Sería imposible negarlo entonces; la respuesta estaría explícitamente ante mis ojos. Claro que, en retrospectiva, la respuesta ya era evidente, mas a esa edad me costaba aceptarlo.

Un día decidí simplemente hacerlo: lo busqué. Y lo encontré. Lo que sentí al verlo me aterrorizó. Había visto pornografía con adultos o personajes adultos, y en ocasiones eso lograba excitarme. Pero esto era diferente. Se sentía más “genuino”. Nunca me había sentido así sobre una imagen pornográfica. Me aterrorizaba porque, al verlo, ya no había manera de negarlo: me atraían los muchachos jóvenes.

Durante las próximas semanas, me costaba dormir. No podía sacármelo de la cabeza. La ansiedad comenzó de nuevo. Ya no había duda de ello, pero no sabía qué hacer. Aún tenía demasiado miedo como para hablar de ello con nadie. Era posible ir a un terapeuta, pero había leído que muchos de ellos carecían de la experiencia o la capacitación para tratar este problema, y a veces denunciaban al paciente aunque no hubiera necesidad. Se debía a leyes que incentivaban en gran medida a los terapeutas a informar a las autoridades sobre pacientes que consideraran “potencialmente peligrosos”, con más repercusiones legales por no denunciar a alguien que sí resultara ser peligroso que por denunciar a alguien innecesariamente.

También me preocupaba que ver el shotacon pudiera meterme en problemas, pues no estaba seguro si era legal o no. Algunas noches en mi cuarto temía que la policía de repente se apareciera derribando la puerta. Estaba confundido y consternado. Recuerdo incluso que en varias ocasiones intenté ver pornografía gay (con adultos) en una especie de tentativa para hacer que me gustara más eso. Nunca era igual. Al final terminé volviendo al shotacon. Me consternaba tanto: por una parte me hacía sentir gratificado sexualmente, mas por otra parte no estaba seguro de que si lo que hacía era correcto. Las pesadillas volvieron a resurgir.

No obstante, poco a poco logré aceptarme a mí mismo y mi atracción. Seguí investigándola. Aprendí que yo era un hebéfilo (pues por lo general esa franja etaria era la que encontraba atractiva). También oí sobre el término “MAP”, aunque aún no entendía muy bien lo que significaba. Ya tenía una idea más clara sobre la legalidad del shotacon y otras imágenes similares: donde vivo, es por lo general legal (aunque aún se considera una zona “gris”), y hasta en lugares donde no lo es, rara vez se aplica esa prohibición, ya que las autoridades priorizan, como deberían, a niños reales antes que dibujos. Comencé a sentirme más a gusto conmigo mismo. Ahora estaba comprendiéndome mejor. Sabía que esta atracción no significaba que un día perdería el control y sentido de moralidad de un momento para el otro. Sabía que tener una atracción no significaba lo mismo que tener un deseo de violar o de hacerle daño a alguien, y que estaba en control de mis acciones. Había aceptado que nunca me desharía de esta atracción, pero eso no quería decir que no podía vivir una vida feliz y sana.

Se lo confesé a unos amigos de confianza. También logré encontrar el valor para hablar con mis padres sobre el asunto. Aunque al principio era difícil hablar de ello, pues estaba entregándoles la información que por años me aterraba que otros supieran, una vez que logré sacar las palabras de la boca, desahogarme, para luego escuchar que me comprendían y que todavía me aceptaban como era, se me apoderó un sentimiento como el de quitarse de sí un peso enorme (guardar un secreto como ese por tanto tiempo conlleva una gran carga emocional). Me hizo sentir mucho mejor conmigo mismo después de haber transcurrido todo.

También decidí visitar a un terapeuta. Aunque ya comenzaba a sentirme más cómodo conmigo mismo, aún me interesaba escuchar su opinión. Luego de dos sesiones muy largas que consistieron mayormente en explicaciones sobre mi atracción y los primeros indicios de mi niñez, el terapeuta determinó que en realidad no representaba ningún peligro para los niños, pues yo ya estaba muy consciente de lo que tenía y no mostraba ninguna intensión de hacerle daño a nadie. También observó que yo me aceptaba a mí mismo, y que estaba viviendo una vida sana. Al final, no hubo mucho más de qué hablar, y decidimos dejar nuestras sesiones ahí, aunque sí me dejó saber que podía volver en cualquier momento y reanudarlas.

A pesar del consuelo que hace poco adquirí, algo que todavía me inquietaba era el hecho de que no parecía haber ninguna red de apoyo para personas como yo. Por mucho tiempo, solo podía preocuparme de mí mismo como MAP y cómo eso me afectaría. Ahora que estaba más cómodo conmigo mismo, no pude evitar pensar en otras personas como yo que todavía intentaban aceptar esto sin tener casi a nadie con quien hablar y prácticamente sin indicación alguna de dónde empezar a buscar. Ya con los años, también pensé en adolescentes pasando por una experiencia similar a la que pasé yo durante esa edad. Me parecía tan injusto que MAP jóvenes tuvieran que sufrir toda esa ansiedad y confusión por algo innato para entonces tener que confrontarlo todo a solas.

A veces buscaba discusiones o artículos sobre personas con esta atracción y sobre cómo lograban lidiar con ella. Lamentablemente, no encontraba mucha información. Lo que sí encontraba era mucho contenido encolerizado que simplemente me hacía querer cesar mi búsqueda; la negatividad me recordaba a aquellos horribles días en los cuales me sentía desamparado.

Pero había algo en particular que aún me descontentaba bastante. En raras ocasiones, lograba encontrar artículos o videos que intentaban discutir esto, ya sea un MAP hablando sobre su experiencia, una discusión sobre cómo ayudar a estas personas o un diálogo sobre el estigma que acompaña este tema. Cada vez que veía las respuestas a estos artículos/videos, encontraba personas reaccionando de forma desapacible. Decían que estos artículos/videos estaban “normalizando” el abuso sexual infantil, que estaban defendiendo monstruos irredimibles, que estas personas merecían la muerte en vez de recibir ayuda. A todo esto, me preguntaba si estas personas en realidad vieron o leyeron lo mismo que yo. Era rotundamente perturbador cómo la gente reaccionaba de forma tan odiosa a aquellos que intentaban desesperadamente entenderse a sí mismos y que procuraban ayuda. Estos comentarios rezumaban negatividad. Lo comparaban con defender asesinos, insultaban a los autores y expresaban su incredulidad de que una persona con semejante atracción pudiera ser otra cosa que un monstruo obsesionado con violar. Me daba asco. Me enfadaba tanto que personas como yo no pudieran ni buscar ayuda ni ser seres humanos decentes a pesar de su atracción sin exponerse a puro odio y repulsión. Esa actitud no hace nada para proteger a niños del abuso. De hecho, se puede discutir que contribuye a lo opuesto: somete a personas vulnerables al aislamiento y a la desesperación, y para algunos, eso puede llevar a acciones lamentables. Además, esta metodología de tratar con el abuso solo después de que haya ocurrido en vez de buscar formas de impedirlo no hace mucho para proteger a nadie. Si hemos de conservar alguna esperanza de minimizar el abuso sexual infantil al extremo que sea posible, es fundamental que se entienda adecuadamente con qué se está tratando.

Me acuerdo de un video en YouTube. Se me escapa el título o la persona que lo hizo, pero recuerdo que era un hombre joven en cámara que reaccionaba a diferentes cosas que encontraba en Internet. En un punto en el video, el joven encontró lo que parecía ser un foro de psicología donde los usuarios hablaban sobre problemas psicológicos que enfrentaban para recibir, posiblemente, algún comentario de un profesional o por lo menos de otros usuarios del foro. Encontró un mensaje de alguien que temía que fuera pedófilo; decía que tenía pensamientos sexuales sobre niños y que no sabía qué hacer. Tenía la esperanza de que alguien en ese foro lo pudiera ayudar.

A esto, el hombre del video de YouTube dijo algo como “Pues, quizás puedes empezar dejando de ser un pedazo de mierda,” en un tono de lo más natural. Me hizo enfadar tanto. Aquí había alguien que estaba descubriendo esto de sí mismo y que buscaba ayuda tanto para entender lo que tenía como por miedo de que pudiera significar que se convertiría en violador de niños, y este hombre simplemente le dice que “no sea un pedazo de mierda”, como si fuera su elección tener esa atracción, como si este asunto se pudiera resolver con tan solo “dejar” de estar atraído por menores, como si tener esta atracción no elegida fuera suficiente para considerarlo un “pedazo de mierda”, como si fuera una mala persona simplemente por pedir ayuda. No pude seguir viendo el video después de eso.

Ya bien entrado en la adultez y ya graduado de la universidad, comencé a asistir a dos podcasts en YouTube: MAPs IRL y Journeys with MAPs and Legends (que ahora se llama A MAPs Journey). Empecé a aprender más y más acerca de la comunidad MAP; aprendí sobre todos los términos relacionados y sobre todas las personas maravillosas (tanto atraídas por menores como no) que perseveraban ante toda la hostilidad para poder ayudar a otros MAP. Incluso empecé a conocer a otros MAP por Internet. Sin embargo, la hostilidad constante que presenciaba hacia personas como yo todavía me irritaba. De hecho, ahora se desarrollaba en mí un deseo, un deseo que me imploraba a decir algo, a dejar a la gente saber que yo, un MAP, un hebéfilo, existía, y que era un ser humano como cualquier otro. La negatividad constante que veía sobre esta atracción cada vez me molestaba más y más. Esa molestia hacía que ese deseo susodicho creciera más y más fuerte, hasta que un día decidí que ya tuve suficiente: ahí nació “shocu”. Comencé una cuenta de Twitter y me fui como en un despotrique. Terminé metiéndome en muchas discusiones con desconocidos que quizás pude manejar mejor, pero por lo menos al fin le estaba dejando saber al mundo lo que pensaba.

Con el tiempo decidí escribir un ensayo que explicaba lo que significaban muchos de los términos relacionados con los MAP, pues había percibido que mucha de la hostilidad dirigida hacia nosotros se originaba de conceptos erróneos y malentendidos sobre lo que era ser MAP. También quería presentar mi argumento de que a los MAP se les deshumaniza de forma injusta. Era todo para intentar ofrecer mi perspectiva honesta como MAP al mundo. A la hora de decidir dónde publicarlo, opté por crear una cuenta de WordPress para crear un sitio web donde pudiera poner aquel ensayo y también tener un sitio disponible para cualquier ensayo futuro que escribiera.

Durante mi tiempo en Twitter, fui testigo de personas expresando su asco por mi existencia. Ser el blanco de semejante odio a veces me impactaba fuertemente. Ver tanta gente tan convencida de que era un monstruo, de que no era capaz de nada bueno, de que solo era una bomba de tiempo, de que merecía la muerte: todo eso producía en mí un desasosiego profundo por la humanidad. Me perturbaba pensar que hubiera gente tan dispuesta a demonizar a otros que fueran diferentes y que se insistiera tanto en presumir lo peor de los demás. Ese sentimiento de ser odiado, sobre todo cuando es por algo innato, por tu mera existencia, literalmente nausea. A veces, sobre todo al principio, sentía una sensación bascosa en el estómago. Se sentía como si mi cuerpo estuviera intentando digerir todo ese odio pútrido. A menudo necesitaba parar lo que estaba haciendo para dirigirme al baño. Incluso ahora, a veces me da esa sensación en el estómago al entrar en Twitter en anticipación de lo que me podría estar esperando. Sin embargo, a pesar de todo eso, el que mi voz pueda ser escuchada, el cambio positivo que a veces veo en otros MAP, la manera en que mis palabras influyen en ellos de forma positiva, las veces que veo personas que hacen el esfuerzo para aprender sobre nosotros y la rara ocasión en que veo a alguien que por fin comprende por qué es que digo lo que digo han hecho que todo haya valido la pena. En general, creo que esto ha sido una experiencia positiva para mí, no solo por la sensación de poder ayudar a alguien en el mundo a comprender esto o por lo menos poder proveer a otros MAP un sentido de solidaridad, mas también porque he podido expresarme y dejar a todos saber lo que yo, un MAP, piensa. Me ha servido como una especie de desahogo emocional.

Pues, aquí estoy, todavía haciendo lo posible para educar, todavía haciendo lo posible para dar apoyo, todavía haciendo lo posible para mostrarle a todo el mundo que soy humano, que todo MAP es humano y que se nos debe tratar como tal. Desconozco cuántas personas ven mis tweets y ensayos y entienden de verdad lo que intento decir, pero seguiré escribiendo con la esperanza de que en alguna parte se escuche mi voz, o que por lo menos otros MAP puedan ver que no están solos, que son más que su atracción, que son humanos.